eduardo vicent :: tinkernet

Entrada 23/04/2020

Esta historia, empieza en vista cenital. La imagen se va acercando poco a poco. Primero el mundo, luego España, Valencia, Paterna, la pista de Ademuz, el Liceo Francés, el aulario de castellano, el ultimo pupitre de la fila de la derecha, ahí. Justo ahí, está. Se acaba de enfrentar a un dictado. No recuerdo si fue el primero de su vida, puede que si. El caso es que no lo ha hecho. No lo ha hecho, porque sabia que iba a ser un desastre. Si el resultado va a ser el mismo, para que intentarlo. En realidad, no entiende nada, no sabe lo que significa hacerlo bien, o mal y nadie se tomará la molestia de explicárselo. Es todo una amalgama de letras, palabras y cosas sin sentido. Es disléxico, lo descubrirá muchos años después. Por ahora, tan solo sabe que lo va a hacer mal, tan mal, que ni siquiera lo va a intentar.

O al menos, ese era el plan. Cerrar los ojos, plegarse sobre si mismo, como un armadillo, y aguantar el chaparrón que tuviese que venir. Un 0, da igual. Puedes hacerlo mucho mejor, da igual. En el fondo sabe que probablemente, no termine el año en ese colegio. Aunque es un abismo al que no se quiere asomar, en realidad, también le da igual. Lo echaran y nunca entenderá porqué. Tampoco entenderá el giro que dará su vida al año siguiente. Lo preguntará y nadie le contestará, ni le dirá donde buscar la respuesta. La historia se empezará a enmarañar con relatos fantásticos, se contagiara de otros dolores y los recuerdos se difuminaran. Realmente hizo algo para merecerse que lo echaran, fue una decisión tecnocráta, o sencillamente se produjo una serie de acontecimientos desafortunados que le llevaron hasta a ese otro pasillo, de ese otro colegio. Nunca lo supo. Lo que si que le quedó marcado en las entrañas, fue la culpa. Ese lenguaje, si que lo aprendió. La culpa es universal y no necesita que entiendas las causas. La culpa, lacera, corta, recorta y transforma. El no lo sabe, pero cuando termine ese año, dejara de ser un niño.

En el aula, el profesor empieza a recitar. Agarra la pluma con la mano. Primer acto de rebeldía. No puede escribir con pluma. El profesor se lo ha prohibido. Dice que su letra es horrible. Culpa. Agarra la pluma y se dispone a hacer el teatro de escribir. Cierra los ojos, se agacha y la voz del profesor se introduce poco a poco en su mente. Esta descubriendo la que será una de las cosas que más adelante, le salvaran. Está escuchando. Se centra. Libertad es un palabra enorme. La libertad sera esto. Siento que no hay ruido, el murmullo se ha ido. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad. El texto se va intercalando en sus pensamientos. Se superponen. Le inunda. Le habla en un idioma que nunca antes había escuchado. Lo entiende. Mientras dura la libertad, una pasea, una juega, una no tiene por qué estudiar. De repente, se ha trasladado. No sabe donde esta, no reconoce ningún lugar, en esta dimensión no hay nada conocido. Tan solo llega a vislumbrar que no esta en ese pupitre. La sensación que le recorre es muy placentera. Siempre la recordará.

El tiempo de recitado concluye. Cuando salga de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven como es enorme? Piensa, intenta darle un valor, un sentido a esa ultima frase. La conmoción, el torrente emocional previo, deja paso a la reflexión intelectual. Libertad, ya no es libertad, cuando te meten en Libertad. Se pregunta de que esta hablando. No lo que esta diciendo, eso lo entiende. Le intriga el mensaje que subyace en esa reflexión. Sabe que hay algo. Tardará años en descifrarlo, pero lo hará. Su pequeño universo de extrarradio de clase media, de una ciudad mediana, de un país medio, lo constriñe. Esto estaba empezando a convertirse en un problema en la época, este episodio terminara por confirmarlo. Por suerte para el, internet le ayudará a hacerlo más llevadero pero eso, el, aun no lo sabe. Cuando llega la hora de entregar el ejercicio, vuelve a la tierra de Valencia, al pupitre. Lo han sacado de su viaje. Esta aturdido. Ve como sus compañeros se levantan y entregan el ejercicio. Nunca había sentido vergüenza, menos si había hecho lo único lógico que podía hacer. Eso, vendrá luego, y lo devastara.

El Liceo es un lugar de rigores y preocupado, esencialmente, por las formas. Hace mucho tiempo que se fueron vaciando de contenido, pero las formas prevalecen como única forma de autoridad. Esto también lo intuye, aunque no pueda expresarlo con palabras. Lo hará, al final de ese año, cuando ya todo esté perdido y lo pagara caro. Irreverente, como le dirá su madre. Las lineas de pupitres avanzan, ya casi van por la mitad de la clase. Mira, cuenta y empieza a pensar en algo que decir. Le toca. Se levanta y camina hacia la mesa del profesor. No lleva la hoja en la mano. No ha hecho nada. Con una naturalidad infantil y demoledora, le anuncia al profesor que no ha hecho el ejercicio. El profesor, atónito, hace amago de empezar la reprimenda. El, que se lo veía venir, le habla por encima y le pregunta sobre el texto. Quiere saber. Es libro, es un autor famoso, es un poema, el autor es el profesor. Quiere saber, porque no quiere dejarlo marchar. El profesor, desarmado, no sabe que hacer, mucho menos que contestar. El sistema de enseñanza, acaba de ser tocado y hundido. El profesor es consciente de eso pero debe seguir guardando las formas. Entre la necesidad empática de darle el estimulo que pide, y la obligación laboral de cumplir con su cometido, el profesor toma una decisión: le da la hoja del texto del dictado y le anuncia que esta suspendido. Aparentemente emocionado, contesta gracias por el texto e ignora la advertencia.

Una vez de vuelta al pupitre lee: Libertad, extracto de Primavera con una Esquina Rota de Mario Benedetti. Lo vuelve a leer. Le cuesta más seguirlo, pero se esfuerza. Está empezando una batalla sin cuartel, de la que saldrá victorioso. De las pocas satisfacciones que le acompañaran en el futuro. Esta descubriendo la lectura. Estaba empezando a desgranar los misterios de todo el universo que había en ese texto, y lo estaba haciendo porque sentía la necesidad imperiosa de hacerlo. Había paz, y había calma en esos renglones. Todo iba bien. Estaba contento y feliz. Estaba embriagado de éxito, de la satisfacción de buscar y encontrar. Lo vuelve a leer otra vez, y van 3, y poco a poco va perdiendo la conexión con el texto. Lo vuelve a intentar y las letras empiezan a bailar. Se engancha en el cuarto renglón. Se va haciendo pequeño. La curiosidad se torna en frustración. Pocos minutos de descubrir el placer de la lectura, conocerá la frustración de la incapacidad de hacerlo. Se impondrá su voluntad de leer, pero no será en ese momento. El no lo sabe, pero no le pasa nada malo, ni tiene ningún problema.

Una vez en el patio, se junta con sus compañeros de clase. La rutina de todos los días. Pasar por las taquillas, comentar cualquier cosa e ir hacia el autobús. El se ira a esperar a que su padre llegue, cuando eso pase. De repente, ve a uno de sus amigos. Es 1998, son preadolescentes y están en plena efervescencia. También se buscan. Llevaba una camiseta con una viñeta de Carlos Azagra. En ella, se podía leer: Yo no se si dios existe, pero si existe, se que no le va a molestar mi duda; Mario Benedetti. Sabia que lo había leído en algún sitio. De repente, ese señor, de nombre Mario que estaba perdido en un limbo poco claro, que se encontraba en el universo de los mayores, había aterrizado en el suyo. Su interés por descubrir quien es, o que pretendía con semejante frase se multiplicó. El no lo sabia, pero había tejido su primera red de interconexión. Azagra, se había convertido en un nodo que no dejaría de inter relacionar cosas durante años. Azagra, que publicaba en El Jueves, Azagra que era el autor de la contra de Deltoya, Azagra siempre estaba ahí detrás de las cosas que le llaman la atención. Azagra, que ni siquiera le gusta. 

Así, empieza esta historia.

Fin.


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