eduardo vicent : tinkernet

Entrada 30/09/2019

Hace mucho que no escribo. A veces es difícil encontrar la inspiración, tener algo que decir.  Es un tema que me obsesiona. Tengo mucho miedo a la deriva de escribir y dar vueltas, y más vueltas a una idea, sin un destino claro. No es que no me guste, es más, suele atraerme mucho la idea, como lector. Como escritor, no tanto. Es curioso el desdoblamiento, lo que me gusta para mí y lo que me gusta de mí.

En este tiempo, han pasado muchas cosas. Recién ahora, después de la tormenta, me puedo parar a pensar en ello. Pensar sobre lo que nos pasa tiende a ser importante, es un momento de calma, de volver a poner las cosas en su sitio. A veces, todo nuestro mundo se vuelve del revés, sin ser nosotros conscientes y la sensación de desnorte sobrecoge. ¿Dónde estoy, y lo peor, a donde voy? Preguntas que se convierten en obsesiones, en necesidades que se alojan en nuestro día a día como una piedra en el zapato. Y duelen, o molestan, depende. A mí me cuesta mucho, necesito saber que estoy pisando suelo. Como Indiana Jones en La Ultima Cruzada, necesito ir tirando arena para que el puente aparezca, sea visible. Si no me paro, irremisiblemente, me paro y no sigo. A veces es pánico, a veces es confusión y, casi siempre, es que no quiero eso en mi vida. Porque sabemos lo que no queremos, aunque lo que queremos cueste más.

En este tiempo, han pasado muchas cosas. Algunas me las veía venir, otras muchas, la mayoría, no. Si uno le dedica un momento, ve la cantidad de variables de las que somos esclavos. La cantidad de elemento que actúan libre e incontroladamente y que de una manera u otra, determinan aspectos fundamentales de nuestro futuro inmediato. Somos una pequeña insignificancia y está bien, conviene relajar y trabajar con ello.

Hace justo un año, estaba preparando mi viaje a Utiel, era la primera oportunidad laboral que conseguía (porque las oportunidades laborales se consiguen, se pelean y se sudan) desde que decidí dejar el Foster, por razones obvias. Además, era la sociología llamando a mi puerta, bueno a mi móvil. Era la sociología reclamándome, de nuevo, 6 años después. El subidón fue tal, que no quise ni contarlo. Temía que, en cualquier momento, me dijesen que no. Que en un, desafortunado, y común, giro de los acontecimientos perdiese esa oportunidad sin poder hacer nada. Necesitaba cobrar y sentirme capaz de hacer algo. Sentir que era una persona normal (común, ordinario, sin peros), por una vez. Al final, fue mío, lo hice, tuve la ocasión de volver a compartir piso (pero cobrando una pasta) y se terminó. Duró 3 meses y fueron 3 meses de ensueño. Muchas veces soñaba que me renovaban, o me decían que el proyecto seguía adelante, que la financiación no había terminado. Después hicimos una presentación pública del Plan y ya nunca más volví a saber nada. Una pena.

La resaca y el impacto que tuvo en mí, ha durado casi un año. Asumir que volvía al paro. Asumir que, a mis 34 años, volvía a ser dependiente. Asumir que había tenido suerte, no por trabajar, sino porque el puesto existiese, se publicase y yo me enterara de la vacante. Muchas variables, que a veces se unen para darte una alegría y otras conspiran contra uno. Asumir que tenía que volver a estudiar la oposición, y además hacerlo con ganas y con fuerza. ¿Qué tal lo llevas? Sonríe, y di que bien. Nadie quiere oír más.

También me diagnosticaron la dislexia, bueno le dieron carta de veracidad. Yo, ya lo sabía. Siempre lo he sabido. Cuando vives con que en algún momento se te va a olvidar algo, o la concentración te va a fallar, lo sabes. Sabes que no eres de fiar. Como aquella vez en que leí los números del avión de Charles De Gaulle, al revés y tuve que pagar un recargo de 50 euros para pillar el siguiente. Eso, y que la imbécil de la azafata me dijese que claro, como soy español (Valenciano, señora, que yo no le he faltado) es normal que llegue tarde. Como aquella vez en que te suspendieron un examen, o eran 2 o no, espera, fueron muchísimos, porque no entendían tu letra. Igualdad, mérito y capacidad dice la Constitución, bueno, cuando no sabes lo que te pasa, estas indefenso.

He arrastrado esto durante años, muchos años. No sabes escribir. No puedes escribir. No entiendo lo que dices cuando escribes. Ordenas las frases al revés. Esa palabra no va ahí. Tu letra es ilegible. Tienes la letra más horrorosa del mundo. No puedes escribir con pluma, ni con nada, escribes muy mal. Eres un analfabeto funcional. etc… Toda una vida así. Ahora se, que todos se equivocaban.

Pero no lo supe durante demasiado tiempo. y me fui haciendo pequeño, cada vez más pequeño. Cada vez que me decían alguna cosa de esas, la que fuese, salía un poco más de mí. Hasta el punto de vaciarme del todo. Mucha gente se ha aprovechado de eso. Hacerme desaparecer para su propio provecho. He estado muy enfadado con mucha gente a la que quiero. He experimentado mucha rabia. Pero ya no. No me he olvidado. Pero les he perdonado. Me ha costado mucho esfuerzo volver a entrar en mí. Sin duda es uno de los grandes cambios de este año. Después de todo este tiempo, he aprendido a vivir dentro de mí, y a aceptarlo como es. Sin pelea, sin lucha, sin más.

Un año, con muchos cambios. Me he mudado. He entendido como se estudia una oposición. He aprendido a entender el mundo que me rodea. En definitiva, siento que he crecido mucho. He aprendido a habitarme y no ligar esa vivencia a una idea vaga de éxito o fracaso. A asumir mis limitaciones como lo que son.

Y justo un año después de empaquetar mis cosas para ir a Utiel. Se me presenta un nuevo reto. La sociología, mi profesión, eso que tanto me ha dado y que tanto me ha quitado. Ha vuelto a llamar a mi puerta. Como suele hacer en los momentos de crisis. Como cuando me fui a Paris. Como cuando me fui a Ecuador. Como cuando empecé a trabajar, aun estudiando. La sociología ha vuelto a mi vida para plantearme un nuevo reto. Ha vuelto, para ilusionarme.

Es un reto, que empieza mañana.



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