eduardo vicent :: tinkernet

Entrada 09/05/2020

Nací en el año 85. Justo al final del Siglo XX. Por aquel entonces, el mundo era muy diferente al de hoy. Más sencillo, pero también más limitado. Durante mis primeros años de vida, todo fue bien. Era feliz y me dedicaba a ello, sin reparos. Hasta finales del 88, estuve solo y mis padres, que tenían la misma edad que yo ahora, se dedicaron a mi felicidad en cuerpo y alma. Recuerdo estar obsesionado con He-Man. Yo mismo era He-Man y vivía en el castillo de Grayskull que estaba, como no podía ser de otra manera, en la calle de He-Man. Luego fue la calle de Althea, pero esa es otra historia. En realidad, era la calle 207, de una pequeña pedanía. Un barrio residencial, de una ciudad pequeña de un país que se estaba limpiando, poco a poco, el letargo de épocas pasadas.

Mi primera experiencia con la escuela fue, como para casi todo el mundo, en la guardería. Si me preguntan, a mí me parece que aquí fue donde se empezaron a torcer las cosas. La dualidad que encierran algunos momentos es, cuanto menos, curiosa. Este momento ha pasado al relato familiar como la mejor época, la época en la que yo era perfecto, el último momento en el que las cosas funcionaron. Pero también, es el momento en que se empezó a construir el desastre que vendría luego. Aunque esto, no lo sabíamos nadie. La directora de la guardería me hizo una evaluación de capacidades y concluyó que yo era muy listo, por encima de la media. Si pudiese volver en el tiempo y ver aquella reunión, les diría a mis padres que no se confiaran. Pero era el final de los años 80, un diagnostico semejante, invitaba a dedicarse a otros asuntos, sin demasiados remordimientos.

Para cuando entré en el Liceo, el daño ya estaba hecho. Ojalá, alguien lo hubiese visto. Yo, lo tenía todo para triunfar. Tenía una inteligencia por encima de la media, era un niño obediente, bueno, cariñoso, amable, dócil y autónomo. Era perfecto, o eso me dijo siempre mi madre. Nunca me había dado cuenta de que el momento en que dejé de ser perfecto coincide con el mismo en que entré en el colegio. Lo veo, mientras escribo estas líneas. El liceo, que tantas cosas estaba destinado a darme. El liceo, que ha sido mi Overlook privado. Ese lugar en donde residen, y nacieron, la mayoría de los fantasmas que me han atormentado durante todo este tiempo. Empezó con un puede hacerlo mejor, tiene capacidades de sobra.

Pronto, como si de un X-Men se tratara, empezaron a manifestarse las dificultades. Ojalá, hubiese sido un X-Men, pero no, no fue el caso. Era disléxico. Al principio, eran notas al pie de mis deberes. Puede hacerlo mejor, necesita mejorar. Tiene una mala caligrafía. Lee muy lento. No sabe hacer las tablas de multiplicar. Comete muchas faltas de ortografía. No ha sido capaz de hacer el ejercicio de matemáticas. No entiende los enunciados básicos. En este momento, era un crío, estaba a otras cosas. Por aquel entonces, debía ser Son Goku. Pero ya se empezaba a dibujar una tormenta en el horizonte. Una tormenta que se lo llevaría todo por delante y lo mezclaría en una especie de Pôt Pourri de emociones en el que me perdería durante años. Aunque aún tardaría un poco. En ese momento, aun éramos todos iguales.

A medida que fui creciendo, las cosas se fueron haciendo más complicadas. No solo porque nos acercábamos al cambio de siglo, sino porque yo estaba empezando a entrar en la adolescencia. Las obsesiones cambiaron. Ya no estaba interesado en los dibujos animados. No, en aquella época acababa de descubrir algo mucho mejor. Extremoduro hicieron su irrupción y con ellos Kurt Cobain, que al ritmo de su Pennyroyal Tea me acuna mientras escribo estas páginas como tantas otras veces, y muchísimos más. Una lista que no ha parado de crecer desde entonces. Todos ellos interpretaron para mí una angustia que yo era incapaz de expresar. Un nudo que me ahogaba, pero que no sabía deshacer. Un torrente de emociones que yo sabía que estaba ahí, pero que elegí no sentir. Poco a poco me fui vaciando. Dejé de ser ese niño perfecto para convertirme en una versión rota, incompleta, de mí mismo. Cada vez más hueco.

Fueron pasando los años y los mensajes dejaron de ser sutiles. Ya no eran notas al pie, eran verdaderas llamadas de atención. Si no mejora, tendremos que tomar medidas. También dejaron de ser privadas para convertirse en públicas. Cuadernos por la ventana, collejas y otras formas de violencia. Hoy les costarían una demanda. No entonces, claro. Me humillaron y todos tomaron buena nota de ello. Para cuando me quise dar cuenta, ya era el objetivo de todos los abusones del curso. Cosa, chino, puto, maricón, a veces todo junto, empezaba a ser algo habitual. Yo nunca dije nada. Tenía que ser fuerte, tenía que aguantar. Tenía que ser perfecto. Tenía que volver a ser yo. Al final, crecí antes que ellos y eso me salvó. Pero nunca abandone mi cruzada por la perfección. Empecé a no tolerar los errores. Dejé de confiar. Me fui quedando cada vez más solo.

Para cuando llegué al último año, todo era un mejunje de emociones, frustraciones, incapacidades, inseguridades, dolores, miedos y mucha rabia contenida. Todas las mañanas, deseaba romperme una pierna, o un brazo, o la cabeza, o que el coche se estrellara, o que mi padre no nos llevara, lo que fuese para no tener que entrar ahí. Las advertencias, se habían convertido en amenazas y la oposición de mis profesores, ya era frontal. Empezó la etapa del acoso escolar, por parte del profesorado. Como no pudieron suspenderme, empezó la guerra sucia y yo tenía todas las de perder. Suyo era el medio, el contenido y la dirección. Que iba a hacer un niño contra la rueda de un sistema que actúa de oficio. Empezaron a hablar de mí, a conspirar. Dudo que fuese algo personal. En el fondo me haría más feliz pensar que fue personal. No fue el caso, estoy seguro. Ahora bien, de lo que no tengo duda es que si que fue coordinado. Tenían que acabar conmigo y pusieron en marcha la maquinaria habitual. Muchos otros lo sufrieron antes que yo. Funcionó.

La operación se compuso de tres frentes. El profesor de Inglés, el de Historia y el de Sociales, que dicen que fue un gran activista y le dedicaron una calle en 2015, fueron los ejecutores. Hoy han fallecido, al menos, dos de ellos, pero viven en mi recuerdo. Los veo, hundiendo mi vida de la forma más absurda y arbitraria. Dudo que nunca fueran conscientes de lo que me hicieron. Primero, me colocaron detrás de un armario en clase de inglés. Decían que era muy conflictivo, que había que aislarme. Quien no es conflictivo a los 14 años. Lloré desconsoladamente, solo quería entenderlo. Cada vez más solo. Luego, se inventaron un sistema de evaluación ad hoc. De repente, un control al que no había llegado, hacia media. La culpa, trascendió el colegio y mi padre se convirtió en responsable de que suspendiese historia. Terminaría empezando la carrera de historia, años después. La abandoné, el dolor se me hizo insoportable. Cuando me hicieron repetir, solo había suspendido esa. A pesar de que mi rendimiento era nefasto, tan solo consiguieron que suspendiese una asignatura. No era suficiente, así que se inventaron razones de madurez. Esta era la carta que jugaban, cuando no les quedaba nada más. Mi primo, me lo dijo una vez, delante de todos nuestros amigos, en el comedor del colegio. El resto asintió. Yo era inmaduro. Estaba solo y señalado.  Overlook, entró en mi casa y se hizo con todo lo que había en ella. Se adueño de mí y lo fue pudriendo todo. Me echaron.

Todo eso era yo. Era incapaz. Tarde o temprano me iba a equivocar. No sería capaz de cumplir con nada. En realidad, no me merecía seguir ahí. Ese sitio es de gente buena. Ellos son buenos, no como yo. Mi madre, sin quererlo, alimentó esta herida con otra suya. Eran parecidas, pero se terminaron convirtiendo en la misma. Me sentí culpable y esa culpa lo invadió todo. Me quitaron el francés. Me amputaron parte de mi vida. Overlook reclamó, también, este pedazo de mi vida. Me quitaron mi lengua. Se convirtió en algo clandestino. Sabía a culpa. Nunca lo dejé, pero no volvió a ser lo mismo. Al final, había dejado de ser perfecto, me habían desterrado de mi lugar en el mundo y seguía sin entender nada. Me fui convirtiendo en un autómata y así, seguí durante muchos años. Me lo habían robado todo.

Ahora, todo está más claro. Por fin he entendido quien, o que soy. Por fin, toda esta historia no me pesa y no me duele. Aunque forma parte de mi vida. Sé que no soy perfecto y no tengo que serlo. También sé que no soy nada de todo lo demás. Tan solo soy yo. Soy yo y tengo derecho a ser libre. Puedo andar tranquilo por donde sea que tenga que hacerlo. No tengo que tener miedo y no tengo ninguna necesidad de controlar nada. Puedo equivocarme, como todo el mundo. Pero, sobre todo, sé que no tengo ningún problema, tan solo soy disléxico.

No sé cuál será el camino a partir de ahora, pero sé que lo voy a andar como yo soy y no como nadie espere que sea. Sé que no lo puedo hacer mejor, porque lo hago como quiero hacerlo. Sé que nadie, va a volver a juzgar si puedo, o no, hacer las cosas. Si valgo o no.

Sé que este, es el principio.

Fin.



2 respuestas a “Entrada 09/05/2020”

  1. Pepe Moreno dice:

    Vaya, Edu, qué duro… Me fui del Liceo cuando aún era demasiado pequeño para entender que esas cosas podían pasar en un colegio. Siento mucho que vivieras todo eso, y me alegro de que, a pesar de tanto sufrimiento, hoy tengas la fuerza para escribir esto y ver cuál es tu nuevo camino. Un camino que puedes elegir tú y vivir como decidas. Un abrazo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Sígueme en: rss | email | twitter | linkedin

Me puedes leer también en: BSide | Libros de Ensayo | tinkernet