eduardo vicent : tinkernet

Som el procés que es crea i recrea.

La frase que sirve de titulo para esta entrada está sacada de uno de los videos que más han determinado mi manera de entender el mundo y la política. Parece mentira que algo tan trivial y absurdo, como un video en Youtube, pueda llegar a ser tan importante para alguien, y sin embargo ocurre. Para quien no lo sepa, me refiero al video que editó y publicó la CUP en el año 2012 y que podéis ver aquí. Vale la pena echarle un ojo. Ahora, ¿Porque os estoy contando todo esto? Tiene su razón de ser, permitidme que os lo explique.

A día de hoy, muy pocos se atreverán a negar el impacto y la importancia que está teniendo el paradigma digital en nuestras vidas. Desde la manera en la que consumimos contenidos, hasta la forma en la que nos relacionamos, pasando por casi cada esfera de la vida social, todo está impregnado de lo digital. Existen muchos puntos de vista, y muy diferentes. Los hay, incluso, que abordan la cuestión desde un punto de vista tecnófobo, que predican el fin de la humanidad por culpa de los teléfonos móviles. Ejemplos hay muchos, este es el ultimo que he visto. Sin quitarles del todo la razón, sinceramente, exageran. Es cierto que jamás volveremos a ver un marco como el que ha dominado hasta ahora y que lo que cuando se estabilice la industria cultural poco o nada tendrá que ver con el modelo actual. Sin embargo el mercado que se esta configurando resulta muy interesante y lleno de posibilidades. También de riesgos, no nos engañemos, pero lleno de posibilidades y esta es precisamente la clave.

Para entender realmente que está pasando es importante pararse a pensar, no tanto en los cambios en sí, ni tampoco en las tendencias generales, si no en lo que esta ocurriendo con la audiencia. Y cuando digo audiencia me refiero a los consumidores hacia los que miramos, los que deben consumir y disfrutar de nuestros contenidos, los que deben usar nuestros servicios. Ya sea un libro, una canción, un video o un meme, el éxito del producto lo determina la audiencia y  hoy en día ha cambiado mucho, más, en un país como España. Hasta bien entrado el siglo XXI, las cosas en este estado se han mantenido inamovibles, atadas y ligadas a un régimen cultural muy concreto, el de la cultura de la transición, que no ha dejado demasiado margen a la evolución en los últimos 40 años. Como es bien sabido, este sistema empezó a mostrar claros signos de agotamiento en mayo de 2011 y desde entonces se ha visto superado en casi todos sus aspectos. El mercado de contenidos, no iba a ser menos. Si la demanda cambia, la oferta, poco a poco, se terminará adaptando.

Carles Feixa, especialista en el estudio de las generaciones, lo explica muy bien en su libro «De la generación@ a la #generación» donde intenta dar una respuesta satisfactoria a este desajuste generacional entre el mercado y la audiencia. Para explicar la transición de una cultura analógica, basada en la escritura y en un ciclo vital regular -continuo-, a una cultura digital basada en la imagén y un ciclo vital discontinuo -binario- (Feixa, 2014) requiere necesariamente detenerse en tres ideas fundamentales.

La primera de todas, sin duda, es la oposición entre el espacio local y el espacio global. Las modas, o la música poco a poco se fueron alejando de la esfera local y abrazaron la universalidad apoyados fundamentalmente en los medios de comunicación de masas, por ejemplo MTV. Internet y los canales digitales, o la creciente movilidad (turismo e inmigración) han ampliado aun más, si cabe, las redes planetarias y la sensación de que existe una especie de cultura planetaria global, en pleno proceso de hibridación con las culturas locales.

En segundo lugar la percepción del tiempo también ha cambiado y mucho. El tiempo virtual, se define por la aparición de los microrelatos, los hipertextos o las micro culturas. Las culturas juveniles que emergen en este nuevo paradigma exploran la humanidad y su historia en su conjunto, construyendo hipertextos de orígenes muy diferentes y, sobre todo mezclando. Es decir hibridando y creando relatos de forma completamente autónoma.

Por último, no hay que olvidar la vocación nómada. Vivir la juventud ya no es transitar el camino de la naturaleza a la cultura, ni tampoco resistirse a la edad adulta, si no experimentar un futuro incierto y confuso. Esto significa que los jóvenes de hoy se ven empujados a migrar tanto física como socialmente entre diferentes lugares de la estructura social, sin que ello implique necesariamente un cambio de estatus personal.

Los jóvenes de hoy en día, esos que reciben (o recibimos) el nombre de Millenials y otros apelativos, entienden la vida desde esta perspectiva. Es decir, para ellos (o nosotros) todos estos cambios son algo natural y no supone un problema. Entiéndame, no supone un problema asumir que es así, vivir de esta manera a veces es muy problemático. Sin embargo, lo más interesante de todo radica, precisamente, en la capacidad de hibridar, de mezclar referentes y generar nuevos procesos, nuevas culturas y nuevas formas de entender el mundo de forma casi constante y autónoma. Esta capacidad deriva necesariamente de su condición y de ese transitar que son sus vidas, de la necesidad de darle un sentido a todo lo que les rodea.

La diferencia con el modelo anterior es que los grandes metarelatos de la modernidad, tales como la transición española, eran una respuesta suficiente y articulaban en torno a su relato toda la vida social y cultural. Esto, tal y como predijo Lyotard en la «condicion postmoderna» ya no es así. Los jóvenes de hoy, Som el procés que es crea i recrea. Que es va modificant i és mòbil. Que es multiplica. Construimos nuestros propios relatos, encajamos los pedazos de la realidad que vivimos para darle un sentido a nuestra existencia y los referentes a los que recurrimos poco o nada tienen que ver con los referentes previos. La cultura global y las redes sociales, hacen que todos participemos en el mismo ruedo, que todos conozcamos los intereses de nuestros iguales y además podamos utilizarlos para dar contenido a otras esferas para las que nunca fueron pensadas. Y se multiplica, porque la hibridación sencillamente no tiene limites. Pensad en Blas es malo.

Por lo tanto, un mercado de contenidos que no tenga en cuenta todo estos cambios, esta abocado al fracaso, sin paliativos. Un mercado de contenidos que no entienda que un video de promoción electoral puede inspirar un ensayo sobre la magnitud de los cambios del paradigma digital, esta pasando por alto uno de los elementos mas importantes de la generación actual. La capacidad para hibridar. El mayor riesgo de todo esto es que mientras el mercado no reacciona, los consumidores están aprendiendo a generar su propia oferta y a largo plazo será una gran oportunidad perdida por parte de la industria cultural. El tiempo nos dirá, pero de momento no parecen darse por enterados.



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