eduardo vicent : tinkernet

La clave está en tener algo que decir

Me ha costado mucho entenderlo pero por fin lo he entendido. La clave para escribir, no es sentarse, poner una letra detrás de la otra y encadenarlas. La clave, sencillamente, radica en tener algo que decir. En visualizarlo en tu mente y sentarte para moldearlo y darle forma.

Me ha costado, porque en los últimos meses he estado un poco fuera de mí. Esto tampoco es fácil de explicar pero voy a intentarlo muy rápidamente. Aquellos que se han enfrentado al vacío que te queda al acabar algo trascendente me entenderán. Terminé el máster, terminé el Foster y de repente la pregunta: ¿Y ahora qué?

Pues como la ultima vez que me vi frente a este abismo, no supe gestionarlo. Empecé a buscar trabajo sin conseguir más que una entrevista por Skype de la cual nunca más se supo, volví a jugar al World of Warcraft y poco a poco me fui haciendo más y más pequeño. Me fui sintiendo cada vez más y más incapaz. Poco a poco me fui quedando sin nada que contar, sin nada que decir. Tenía miedo. Sentía inseguridad. Otra vez, me sentía atrapado.

La última vez que me encontré así termine viajando a Ecuador y viviendo uno de los periodos más bonitos, más feos, más constructivos, más transformadores, más aburridos, más emocionantes y más definitorios de mi vida. Dicen que ese tipo de viajes, esas experiencias integrales, te marcan. Es cierto. Vives, sientes y experimentas todo lo que hay dentro de ti y todo lo de fuera, a la vez. Lo bueno y lo malo. Aprendes a estar solo, a conocerte, a ordenar, y a controlar cosas que hacen de ti, tú mismo. Todo esto, además de enfrentarte a una realidad completamente diferente y en mi caso bastante extrema. Yo se lo recomendaría a todo el mundo pero sabiendo que no es como se ve en los anuncios de Intermon o ACNUR. La realidad es mucho peor y siempre gana.

Pero bueno, volviendo al tema, me sentía perdido y un poco a la deriva. Esta situación se prolongó durante unos cuantos meses. El equilibrio que había ido manteniendo desde mi vuelta de Ecuador poco a poco se iba perdiendo. Las emociones derivadas de la impotencia y la frustración de haber hecho un master y que ni te contesten a las entrevistas. El sentir. De nuevo, que por más que hiciese y por más ganas que le pusiese estaba en el mismo puto punto, otra vez, al final me pudo. Además, no hay que perder de vista que todo en nuestro entorno está precisamente creado para que te sientas culpable y te sientas un inútil. Déjalos que se sientan empresarios en casa y si no, que se maten. Lo primero lo decía Comte, lo segundo es una interpretación libre. Todo esto, se mantuvo así durante algunos meses. Obviamente con altibajos y tampoco al borde del suicidio, pero este era el telón de fondo.

Y de repente, pasó una cosa completamente absurda y arbitraria. Leí el otro día en un aforismo de Goethe de agenda: el aburrimiento es una mala hierba, pero también una hierba que ayuda a digerir otras muchas cosas. Pues eso, allí estábamos, aburridos, una noche de verano en la piscina de casa de mis padres y se nos ocurrió la brillante de montar una bicicleta. No tenía nada a mano. Había que empezar de cero y nos pusimos a ello. Encontramos un cuadro a veinte euros en Wallapop. Este fue el principio, el punto de inflexión. A partir de ahí, no solo encontré un nuevo hobbie en el que me siento especialmente cómodo y con el he tenido la ocasión de aprender, si no que me volví a sentir capaz de hacer cosas. Lo que empezó de una forma absurda me ha permitido recuperar mucha confianza en mí mismo y me ha dado cierto grado de libertad de movimiento, algo sobre lo que empezar a construir. A día de hoy, tengo una chulísima singlespeed (que podéis ver en mi cuenta de Instagram) a la que todas las semanas le hago algo y que se mantiene en un equilibrio perfecto entre el funcionamiento, la mejora y el margen de ir haciéndole cosas. Es algo maravilloso.

Así, poco a poco empecé a deshacerme de todo lo superfluo. Dejé, una vez más y ya van cuatro, el World of Warcraft, a pesar de que es algo que me encanta y me vuelve loco, desgraciadamente no tengo sitio en mi vida para ello. Dejé de sentirme culpable, dejé de sentirme incapaz y me fui reconciliando conmigo y de paso con varios momentos de mi vida en los que había ido dejando proyectos a medias. La bici, que puede parecer algo nimio, para mí estaba lleno de retos. Me ha permitido reparar algunos episodios muy trágicos de mi memoria, recuperar buenos recuerdos olvidados e incluso reconciliarme con cosas que ni yo mismo era consciente de que me pesaban tanto. Era el momento de dar el siguiente paso y ponerme a arreglar cuestiones mucho más importantes. Es cierto, había conseguido llegar a un punto personal mucho más sano pero una pregunta me seguía generando mucho miedo: ¿Qué iba a hacer con mi vida?

Tenía 31 años, había estudiado dos carreras, un master, cuatro periodos de prácticas en cuatro empresas diferentes, todas no remuneradas, un año de voluntariado en el extranjero, dos idiomas a nivel nativo y otros dos en los que me defiendo y seguía fuera del mercado laboral. Esto es relativo, seguía fuera del mercado laboral acorde a mi formación. Vivo en València y siempre queda la hostelería pero si lo podía evitar, mejor.

De nuevo, de una forma un poco absurda, la solución se materializó sin darme cuenta. Una idea que rondaba en el ambiente se fue volviendo cada vez más y más sólida. Una conversación con un amigo, otra conversación con mis padres, otra con una amiga y cada vez estaba más convencido. Al final lo hable con quien más tenía que decir sobre esto y estuvimos de acuerdo. En noviembre empezaría a estudiar la oposición para gestión del estado. En eso he estado los últimos meses. Me ha costado un poco más de lo que quería sentirme a tope con ello, pero estamos entrando en abril y ya toca ponerse en serio. Me quedan al menos diez meses de estudio y no tengo demasiado margen de error. Superada la ansiedad inicial y la de después, superado el momento que estoy haciendo, superadas todas las etapas iniciales, no me queda más que dejarme los codos en ello y estoy realmente dispuesto. Es una carrera de fondo con un premio realmente goloso.

Llegados al final, solo me queda contestar a quienes se preguntan el porqué de todo esto. Sinceramente, porque puedo y quiero hacerlo. Aunque lo más probable es que esta respuesta no contente a nadie, por eso voy a intentar dar algunas explicaciones un poco más elaboradas. Anoche mientras volvía a ver la serie Girls, de Lena Dunham, me reencontré con una de las partes que más me faltaban. En una escena de reafirmación ella dice: soy escritora de ensayos y me acordé, yo también. Me vi a mi mismo, sentado en el sillón orejero que tenía en mi habitación en casa de mis padres, frente a mi mac, intentando escribir un ensayo como este, me vi en la mesa que compré por cinco dólar en el banco de materiales, frente a mi mac, escribiendo un ensayo como este. Me vi a mi mismo, una vez más, construyendo historias personales y no tanto y volví a querer hacerlo. Antes de ayer fue mi cumpleaños, cumplí 32 años y ya es hora de atreverse.

A todos los que me acompañen en esta reflexión, no puedo más que daros las gracias.



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