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First We Take Barcelona

Esta mañana en La Cafetera, Fernando Berlín ha leído el discurso que Leonard Cohen pronunció cuando le dieron el premio Príncipe de Asturias.  En él, Cohen nos cuenta como tenía la costumbre de ir a un parque de Montreal a ver a los jóvenes jugar al tenis. Un día se encontró con un señor tocando la guitarra y le fascinó tanto que le pidió que le diera clases. Este accedió y le enseño una escala de seis acordes, al poco tiempo dejó de acudir. Unos días después, Leonard descubrió que se había suicidado. Eran los años 60. En el relato, Cohen dice que no sabe que hacia este hombre en Canadá y que nunca pudo entender por qué se quitó la vida.

Yo tampoco lo sé pero, conociendo la historia de España, las opciones son bastante reducidas: o bien era un exiliado del franquismo y esto podría implicar un enorme abanico de posibilidades, o bien lo era de la miseria; en cualquier caso, huía. Huía de España. Huía de la violencia económica y social, esa que sacó los dientes este domingo. El, ese señor que enseñó y alentó a Leonard Cohen a tocar la guitarra y convertirse en Leonard Cohen, era uno de esos, uno de nosotros, uno de los que perdieron, perdimos. Uno de los que siempre hemos tenido que callar, mientras nos cantaban el “Cara Al Sol” de frente.

Mientras escuchaba el relato, no podía parar de identificarme con el profesor, de entender sus motivaciones y ver las causas que le llevaron al suicidio. Igual que también entiendo a la gente que salió el domingo a votar y manifestar su voluntad a la autodeterminación. Igual que entiendo tantas otras luchas que ha habido en España y que se han terminado igual: a hostia limpia.

Si yo viviese en Cataluña o fuese catalán, siempre he bromeado con haber nacido en el lado malo del país, hubiese estado en las mesas y hubiese peleado por el derecho a decidir. No porque este necesariamente de acuerdo con la independencia, si no porque estoy convencido de que la única manera de solucionar un problema político es con política y la expresión máxima de esto es que la gente decida. Sinceramente, no se puede ser demócrata y no defenderlo, por muy anticonstitucional que sea. Si hay algo que se puede cambiar son las leyes y si no me creen, un paseo por la página del Boletín Oficial del Estado me dará, rápidamente, la razón. Por tanto, si no se está cambiando la ley es porque hay una razón ideológica, bueno en realidad muchas que convergen en una sola España.

A lo largo de mi vida he intentado explicarme que es España. Lo he intentado y he dedicado muchos esfuerzos. En un contexto como el que se vive en este estado, en el que sales a tomar una cerveza con un amigo y le insultan por hablar en catalán en valència, es muy importante afianzar y comprender las motivaciones de unos y de otros. Al principio creía en la idea de la transición, la España progresista y multicolor que emana de la constitución. Esta es la España que me contaron mis padres y que, creo, hemos mamado todos en la cuna. Sin embargo, el relato es tan sumamente encorsetado que pronto dejó de darme las respuestas que buscaba: ¿Si la constitución había sido tan consensuada porqué tenía la sensación de que en realidad había sido impuesta por una de las partes?

Así que me puse a buscar respuestas en la historia, primero me dejé seducir por esa idea del “Ser Español” de la generación del 98, por el relato de la España que duele. Aunque era ideológicamente cómodo, asumir que todo estaba perdido y que no había nada que hacer, me negué a aceptar que fuese así y seguí buscando respuestas. Me sentía muy identificado con la España que luchó por la república y la libertad, esta era la idea que me emocionaba y la que me hacía sentir en casa. Pensar en mi abuelo y mi bisabuelo y en lo agradecido que estaba porque hubiesen estado ahí, aunque perdieran. Este pensamiento, sumado a la incapacidad de encontrar respuestas me llevó a buscar más relatos. quería encontrar un puente entre lo que yo veía y pensaba y a la vez ser capaz de emocionarme con el relato, termine dando con un libro de Carlos Taibo: “Sobre el nacionalismo español” que me parece que es de lo mejor que leído sobre esta cuestión en mucho tiempo.

Gracias a la lectura de este libro, el de la “CT o La Cultura de la Transición” y el de “La Transición Contada a Nuestros Padres” de Juan Carlos Monedero empecé a comprender que la principal fractura que existe en el estado español es la eterna lucha entre una parte de la población que es autoritaria, reaccionaria, centralista, rentista, poco dada a las libertades y que domina la esfera de lo político, hasta el punto de parapetarse en las leyes contra el resto de las sensibilidades del estado y la otra que es obrera, trabajadora, resistente y creativa, diversa y que ha sido sistemáticamente apartada del poder. En nombre de esta guerra sin cuartel se han llevado a cabo la mayoría de los acontecimientos más negros e infernales de nuestra historia reciente, y no tan reciente. No se trata aquí de decir quiénes son buenos y quiénes son malos, se trata de identificar quien es demócrata y quién no. Puede parecer muy obvio, pero a la vista de los acontecimientos recientes no lo es.

Este enfrentamiento deriva obviamente en ramificaciones de cuestión nacional: Cataluña, País Vasco, Galicia o el País Valenciano han demostrado a lo largo de la historia su voluntad de escindirse del estado español. En este sentido, entienden que una vez fuera del estado se podrán librar de esa historia reaccionaria y esas élites extractivas que nos han gobernado durante ya demasiado tiempo además de, obviamente, dar respuesta a sus necesidades de autonomía y de independencia de gestión tanto política como económica ¿Si no se puede con ellos, porqué no intentarlo por nuestra cuenta? La sociedad catalana, está cansada de pertenecer a un estado de forma impuesta y que ignora sistemáticamente sus anhelos de autodeterminación ¿Alguien puede estar en contra de esto? Yo creo que no y la única salida seria hablar y hablar constructivamente. La política consiste en la gestión de los intereses diversos, pues bien, Cataluña quiere autodeterminación y debe tener la oportunidad. Un estado de raíz democrática debería permitirlo y convencer a la sociedad catalana de que otro proyecto es posible. Hoy por hoy, están convencidos de que eso es imposible y, parece, tienen razón.

Me encantaría que pudiésemos, como sociedad, llegar a un punto de entendimiento en el que se respetaran todas las partes. Sin embargo, parece muy complicado. La tradicional poca fuerza de la izquierda y el cerrilismo de la derecha, sumado al abismo electoral al que se enfrentan el PSOE y la Generalitat, han permitido que llegáramos a donde estamos ahora. La sociedad civil, hoy, pide dialogo. La Generalitat se enroca en sus posturas y apuesta abiertamente por la independencia. Lo ideal sería que se abriese un dialogo social y político real, que implicara una reforma profunda del modelo del estado y la constitución y que fuese todo lo inclusiva que se pueda. Si después de todo esto se vota y gana la independencia, no nos quedará otra que aceptar el resultado y seguir adelante hay mucho en juego. Sin embargo, con el gobierno actual y su poca predisposición al dialogo, a la democracia y a los cambios, no puedo parar de pensar que lo que vamos a ver es un consenso a lo transición: con los tanques encima de la mesa y completamente unilateral.

El relato de Leonard Cohen, ignoraba esta lucha. Lo ignoraba, pero no de forma deliberada. El no tenía manera de saberlo ni tampoco necesidad ya que pretendía, con su discurso, dar las gracias a un país (o al menos a la idea que tenia de este estado) por haberle regalado la música que tan feliz le ha hecho y a nosotros también. La verdadera pena es que estaba agradeciendo a aquellos que no estaban en aquel teatro, aquellos que nunca pudieron acceder a ese tipo de eventos, porque los que si estaban los habían echado de allí de forma violenta y autoritaria, para siempre. Se puede utilizar este ejemplo para hacer una reivindicación de lo bonito del “Ser Español”, de la diversidad de los pueblos de España o incluso de las bondades de la unidad de España, que es lo que me ha parecido entender en la intención de Fernando Berlín, pero hay que explicitar muy bien esta dicotomía y esta eterna lucha entre los diferentes pueblos de la península ibérica y la España unitaria y ultramontana. Si no, se corre el riesgo de simplificar unas tensiones que son inherentes a la construcción del estado-nación y que está en la base de la mayor herida de nuestra comunidad política.



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